Y sí, agarraos los machos (o las hembras, o…bueno, lo que sea) y preparaos para otra de las disertaciones típicas y tópicas que me llegan de vez en cuando a la cabeza, últimamente quizás con más ansiedad de lo normal. Antes de nada voy a definir lo que para mí significa ser “un friki”. Ciertamente hay muchos tipos de sentencias que incluyen este apelativo, algunas más cariñosas que otras, a veces solo dependiendo de la entonación y la cara que pongas al soltarla. Pero si debiera definir la palabra y aplicarla a una persona, se la aplicaría cuando la persona en cuestión tiende a ser fan (a veces con el “-ática” al final de palabra) profundamente en alguna cuestión. Así pues tendríamos frikis de casi cualquier cosa podríais decirme; no dejaríais de tener razón, y no seré yo el que entre a dividir y diferenciar la cantidad de variedades de friki que hay, pero sí que me parece que hay un tipo de friki añejo, que se va viendo sepultado por la cantidad de nuevas aficiones y posibles frikeríos que la vida y la tecnología nos trae. Es a este friki añejo al que va dirigida esta divagación.

Los frikis añejos del rol son una especie digna de mención y estudio tranquilo, pero no son los únicos en manifestar de una manera a veces deleznable el espíritu indomable y el afán de protagonismo de otro tipo de frikis añejos. En una sociedad cada vez más monopolizada por la tecnología y el fast food cultural, es curioso encontrarte a gente que invierte el 80% del dinero que le queda después de pagar a las sanguijuelas en un ocio más táctil que una pantalla capacitiva y con una solera mucho más interesante que un ipod nano de primera generación. Libros, figuritas, cartas, cómics, una serie de vicio y “subcultura” que no solo promueve el consumo por sí mismo, sino la diversión en un plano menos directo y más dicharachero. Muchos no estarán de acuerdo con este concepto, pero bueno, tampoco es una verdad universal así que…
Casi cualquier friki, no solo los añejos, tienden a creer que su afición o sus aficiones son las mejores; además cuando les dices esto te contestan que no lo creen, es decir, te mienten. Cuanto más nicho sea la afición en concreto, más gente en posesión de la verdad absoluta habrá –de ahí mi referencia anterior a los juegos de rol–, con lo que acabas viendo novelas shakespearianas (o como coño se escriba) en foros, blogs y programas, que bien parecen o debieran parecer obra de una industria que mueva millones, cuando aquí lo único que se puede contabilizar en millones son las letras que se plasman en algunos trabajos, y ni siquiera a veces. Todo acaba siendo cuestión de cómo te valores a ti mismo y de quién te rodees, ya no hablo solo en un ambiente meramente personal, sino en un plano “profesional” o de “afición”. Hay anillos de blogs más o menos entrelazados, hay cadenas de pensamiento que se pueden plasmar de la misma manera por gente diferente por simple mimetismo, no por compartir ideas. Luego hay algunos círculos en los que se desprecia a otros por el simple hecho de no comulgar o comulgar demasiado con X o Y.

Sinceramente, yo debo verlo muy claro o tener la cabeza demasiado sobre los hombros, pero a veces me da la sensación de que ciertos sectores de los frikis añejos se toman demasiado enserio su papel en la sociedad internetera. Como decía, últimamente disfruto más de las cosas por las que me apetece y empiezo a soliviantar rápidamente las cosas que me molestan de las aficiones que desempeño como buen friki añejo. Empezando por aquí. Nunca me ha molestado demasiado leer ciertas cosas o no leerlas, pero es que últimamente esos fragmentos de gurús perdidos me rebotan con una facilidad que roza lo aberrante. Ya lo siento, debería picarme para que la gente a la que le va la marcha pueda llevarme la contraria “amablemente” pero metiendo cizaña como si fueran cortesanas del s.XIX en la corte de la Reina Victoria.
Pero oigan… ¿no nos gustan las mismas cosas? A veces me quedo mirando comentarios o posts de algunos blogs (y ahora no me refiero únicamente a los roleros) y se me cae la cara de vergüenza ante la tamaña ineptitud de pensamiento de algunas personas. Vergüenza ajena por compartir afición con estulticias sin nombre que caminan sobre dos patas (y digo patas, no piernas) cuando aún deberían rebuznar en los limos de la creación como protoamebas disformes. Y no es que me moleste o me deje de molestar, es que entiendo que esas palabras, comentarios y deleznables preoratas no le dan nada bueno a mi afición y por ende a mí tampoco.

Siempre he tenido favoritos en todas las cosas que me han gustado: DC frente a Marvel, Nintendo frente a Sony, Tolkien frente a Martin, Apple frente a Microsoft, Virgilio frente a Homero (zas!) y un largo etcétera. En la diferencia está el gusto, y si me puedo meter amablemente con los superhéroes de papel de Marvel para echarme unas risas e intentar dejar por encima a mi querido Batman pues lo hago; o darle algo de cera a los señores de Sony para alzar al fontanero bigotudo a los altares del éxito, pues adelante. Pero esas conversaciones me traen una sonrisa pilla, un recuerdo de patio de colegio cuando esas pequeñas cosas podían molestarte de verdad (sí, genial, ahora diréis que no os molestaban y yo seré el único de la tierra al que le picaba que le jodieran con que llevaba Blancas en Magic, vamos hombre!), ahora me da por inclinar la cabeza al leerlos y me vienen imágenes de vidas vacías y de fulgurantes sodomías morales.
En definitiva, que hay ocasiones en que la gente no diferencia sus gustos de lo que cree “objetivo”. Que sí, que una novela puede estar escrita como el culo y tú decir “es buenísima”, pues mira con ojo cómo hablas porque si se te supone una cierta “objetividad” la vas a flipar. Los frikis añejos tendemos a confundir esa competencia de gustos que afirmaba tener en el párrafo anterior con una cuestión de bueno o malo; y a veces ciertos personajes se dedican a no solo llevar este dogma hasta sus últimas consecuencias, sino a meter cizaña con toda la perversidad que le permite sus fragmentadas mentalidades, totalmente conscientes de que tocarán X teclas de X personas y conseguirán cabrearlas, para luego tender la mano en un “si he ofendido con algo lo siento, era mi opinión y pido disculpas” que a estas alturas del cuento no se cree ni el tato y que no hace más que acrecentar el desprecio que al menos a mí me provocan. Y hablo en tercera persona del plural porque atino a pensar que no se pasan por aquí, pero si alguno de los que lee se da por aludido, pues aplícate el cuento campeón/a.
Dedicada a los Balrogs que hacen idiazábal.